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¿Qué hacer con la inflación?

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            El jueves 12 el INDEC publicó el Índice de Precios al Consumidor (IPC), constatando lo que los bolsillos ya sabían: que la suba de los precios en septiembre marcó un nuevo récord: 12,7%, superando el abultado 12,4% de agosto.

            El IPC expresa un valor que no afecta a todos los sectores de igual manera. Es mucho más dañina para quienes tienen menores ingresos, ya que destinan la mayor parte de los mismos a alimentos y bebidas, rubro que mostró mayores aumentos que los del IPC: 14,3%.

            El dato ratifica una tendencia que viene de hace rato: la comida y la bebida aumentan más que otros rubros, llegando al 150,1% en los últimos 12 meses, mientras que el IPC se incrementó “sólo” un 138,3%.

            Los precios en agosto se aceleraron después de una fecha muy nítida: el 13 de agosto se realizaron las PASO, el 14 el gobierno devaluó el peso en 22% y a partir de ese momento el poder de compra de los pesos se diluyó a mayor velocidad. La medida oficial obedeció a los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional que -según el oficialismo- había reclamado una depreciación más dura de la moneda nacional.

            Massa acababa de salir tercero en las elecciones y su primera medida no fue para mejorar la situación de la mayoría, sino para equilibrar los indicadores que reclamaba el FMI, que benefician a los sectores concentrados y trasnacionalizados de la economía en desmedro de la mayoría de la población.

            En septiembre no hubo nueva devaluación oficial, pero sí una nueva corrida del dólar paralelo, alimentada por las expresiones del candidato más votado en las PASO, Javier Milei, que calificó al peso nacional como “excremento” y desanimó los depósitos en plazo fijo. Sus vinculaciones con poderosos actores económicos y con seguidores de la última dictadura le dan poder de fuego a sus expresiones. Y no se trata de una mera “irresponsabilidad”, sino de la capacidad de descalabrar la economía cuya estructura actual le permite a un puñado de empresas.

            Las corridas cambiarias y escaladas inflacionarias, han precedido muchas veces a cambios políticos de consecuencias dramáticas. Y eso ocurrió no sólo en nuestro país. En Alemania, allá por 1923, la inflación alcanzó niveles astronómicos, desarticulando la economía y deteriorando (aún más) la situación de los sectores de menores recursos. Esa crisis fue preámbulo de la asunción de Hitler y la instauración del régimen Nazi.

¿Y entonces?

            Como en muchas otras ocasiones, el salto del dólar (por la devaluación) impulsó la suba de precios. Los economistas que muestran los medios y que asesoran a los principales candidatos seguirán hablando del déficit fiscal y de la emisión como los factores inflacionarios por excelencia. Milei, en particular -aunque no es el único-, se pone en el papel de “sabedor” de la economía, aunque su currículum académico sea bastante pobre, y habla de la crisis como si fuera un fenómeno natural que se combate con unas cuantas medidas que sólo vislumbran un grupo de entendidos.

            Esas afirmaciones seudocientíficas se olvidan de muchos datos de la realidad. El déficit fiscal no ha venido aumentando, sino disminuyendo. La Oficina de Presupuesto del Congreso reveló días atrás que el déficit en los primeros 9 meses del año había caído un 10,9% en términos reales, a pesar de lo cual los precios crecieron cada vez más rápido. Esos números tienen mucho que ver con los recortes de Massa en distintas funciones del Estado.

            Que los alimentos hayan estado entre los bienes que más aumentaron tampoco es  casual, ni el resultado de manos invisibles a las que liberales y economistas clásicos son tan afectos. En sus análisis evitan toda consideración sobre la concentración económica -por la que unos pocos actores pueden incidir gravemente en los precios como los de alimentos- o la vigencia de un modelo que prioriza la exportación y empuja a adoptar valores cercanos a los internacionales en algunos productos clave para el consumo popular, como en el caso de la carne y el trigo.

            El gobierno se mostró impotente para frenar la escalada de precios y la caída del peso, a pesar de tener al ministro de Economía como candidato a presidente. Sus reflejos electoralistas lo llevaron a adoptar algunas medidas paliativas, aunque insuficientes y tardías.

            Es que no se puede domar los precios sin manejar resortes económicos básicos. Si la exportación del país se subordina a los intereses de unos cuantos; si las vías navegables siguen en manos de capitales privados y transnacionales; si los recursos naturales del país se entregan a manos extranjeras por un puñado de dólares; si los bancos hacen y deshacen negociados a su antojo, ganando en las operaciones de endeudamiento externo, engordando sus ganancias con títulos públicos y sin otorgar créditos a PyMEs ni emprendimientos comunitarios o cooperativos; si la producción de bienes que el pueblo necesita siguen estando a cargo de monopolios que sólo tienen en cuenta sus ganancias y mantienen su poder desestabilizador; si todo eso se mantiene, no hay posibilidades reales de mantener a raya los precios a mediano plazo.

            Si no se revierten esos lineamientos económicos, habrá mayor pobreza, mayor explotación de lxs trabajadorxs y menor independencia económica. Y eso ocurrirá con el rostro “negociador” del actual ministro o con la mayor violencia de la ultraderecha de sus dos principales contendientes electorales.

JORGE RAMÍREZ

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