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Es urgente reformar el sistema impositivo

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            El gobierno busca reducir el déficit fiscal, tal como lo acordó con el Fondo Monetario Internacional. Para ello, necesita aumentar sus ingresos o recortar sus erogaciones. Lo segundo se consigue achicando salarios, presupuestos para salud y educación, recursos para políticas públicas, etc. Lo primero, en cambio, requiere mejorar la recaudación, lo que se podría lograr con aumentos de impuestos que deberían recaer sobre quienes tienen gigantescos patrimonios y ganancias extraordinarias.

            Esta segunda alternativa se enfrenta rápidamente con las protestas de los más adinerados, amplificados por los medios de comunicación que comparten sus intereses o que directamente les pertenecen.

La leyenda de la “presión tributaria”

            “Miente, miente, que algo queda” reza una frase atribuida a Goebbels pero de origen incierto. Aunque la autoría se pierda en las brumas de la historia, es claro que la oración tiene vigencia, amplificada por el poder de repetición de monopolios comunicacionales y redes sociales.

            Entre el 18 y el 20 de abril últimos, decenas de grandes medios destacaron los “165 impuestos” que supuestamente se cobran en la Argentina. Una mirada a medios gráficos y digitales revela que Clarín, Infobae, El Cronista Comercial -entre otros- presentaron el mismo “dato” con titulares afirmando que el problema del país son los muchos impuestos.

            La noticia (o supuesta noticia) surgió de un informe publicado por IARAF, Instituto Argentino de Análisis Fiscal, entidad que dirige el economista Nadin Argañaraz. El reporte en cuestión fue publicado el 17 de abril y se presenta como el “Vademécum tributario” argentino. Allí se listan los supuestos impuestos, que en realidad consisten en gravámenes, contribuciones y tasas que son de índole, ámbito de aplicación y características muy diversas. Se incluyen, por ejemplo, los aportes que realizan lxs empleadxs al sistema de seguridad social, tasas municipales que se pagan por una contraprestación (por ejemplo, alumbrado y limpieza), etc. Contarlas a todas como si fueran iguales es apenas una operación propagandística de nulo valor científico o explicativo.

            Los medios referidos dieron por válido y objetivo el informe, omitiendo algunas consideraciones necesarias sobre su origen: Argañaraz obtuvo sus títulos de posgrado en la Universidad del CEMA (creada durante la última dictadura por Roque Fernández y Pedro Pou, luego funcionarios de Carlos Menem). Fue directivo de la Liberal Fundación Mediterránea y hace unos meses fue procesado en Córdoba por emitir facturas falsas para evadir impuestos.

            Algo parecido ocurre con la llamada “presión tributaria”, la que -según se escucha- estaría entre las más altas del mundo en Argentina.

            El término, en teoría, designa a la proporción de la recaudación impositiva respecto del PBI de un país. Sin embargo, ese indicador ubica a Argentina por debajo del promedio mundial, ya que -según datos del Banco Mundial de 2019, acá se recauda por impuestos un 10,9% del PBI, mientras que el promedio mundial es de 14,9. Entre los países con mayores ingresos, el Reino Unido recauda un 24,9% del PBI, mientras Etiopía sólo un 6,7%. Este último país está entre los 25 con menor PBI per cápita, lo que desmiente de manera contundente que la menor presión impositiva implique un mejor desempeño económico.

            Hay que reconocer que los economistas “mainstream” son poco sensibles a los datos empíricos.

Impuestos, sí… pero ¿a quiénes?

            Superados los mitos de los economistas influencers, tenemos que pensar de dónde se pueden extraer más impuestos.

            ¿De dónde recauda el fisco actualmente? El principal ingreso impositivo lo da el IVA, seguido del Impuesto a las Ganancias y luego por las retenciones a las exportaciones. En abril último, el primero de ellos representó el 31% de lo que entró al Tesoro Nacional, mientras que el último apenas explicó algo más del 7%. El IVA es particularmente regresivo, porque no distingue niveles de ingreso y grava el consumo.

            El impuesto a los bienes personales, que había sido reducido drásticamente por el macrismo, aportó el último mes el 2,6% de los recursos. Ese gravamen se cobra sobre autos, casas, ahorros en efectivo y cuenta corriente, entre otros.

            Esta estructura impositiva es oprobiosa en un país donde el 10% más rico se lleva más de un 21% de los ingresos totales, mientras el 10% más pobre reúne alrededor del 3,5%; donde los monopolios agrícolas mantuvieron grandes ganancias en la pandemia, engrosándolas más con la inflación nacional e internacional; donde los especuladores también se mantuvieron entre los más exitosos.

            El gobierno no se mostró capaz de controlar el comercio exterior ni la banca, atendiendo siempre a las protestas de los sectores más poderosos. Aún podría mejorar el sistema impositivo gravando las grandes ganancias, las exportaciones con mayores utilidades y la especulación financiera.

            El llamado “aporte solidario y extraordinario” de las grandes fortunas del año 2021 debería recaudarse de manera regular. Afecta apenas a los más ricos, quienes -a lo sumo- se verán privados de algún lujo sin resentir sus privilegios.

            La pobreza aumenta, a manos de una inflación que el gobierno tampoco logra controlar. Aumentar los impuestos a los sectores más poderosos es una necesidad cada vez más urgente.

            Pero los recursos que se obtengan de ello deben ir a mejorar las condiciones de vida de la población y generar trabajo, obras y condiciones para un desarrollo económico independiente. Si no es así, si se destina a pagar una deuda ilegítima al FMI o mantener privilegios desmedidos, sólo acarreará choques con el poder real sin beneficiar a la población ni mejorar la distribución de la riqueza.

JORGE RAMÍREZ

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