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El crimen del chofer Barrientos

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            En la nota del número anterior (LIBER 399), analizábamos la complejidad de la provincia de Buenos Aires y entre tantas materias pendientes justamente figuraba la inseguridad que se manifiesta especialmente en el conurbano y el mal desempeño del mediático ministro de Seguridad, Sergio Berni, que no se sabe porque razón sigue sostenido por Kicillof y los cristinistas.

            Lamentablemente el asesinato de Daniel Barrientos que trabajaba como chofer de la línea 620 de La Matanza, corroboró este diagnóstico y a la hora de presentar soluciones o propuestas concretas, siempre el capitalismo en general y los supuestos gobiernos nac&pop, se quedan a mitad de camino o con las remanídas estadísticas “que durante su gestión bajaron los índices de criminalidad”.

            A nuestro humilde criterio la reacción de los trabajadores contra Berni fue exagerada. Bastaba con el simple escrache, bien merecido por otro lado por su actitud de “figureti” y ninguna solución en los hechos. Aquella reacción de los choferes se explican en el dolor que entraña perder un compañero y la angustia constante de salir a trabajar y sufrir la delincuencia en carne propia.

            Encima las soluciones apresuradas que realizan para demostrar que “hacen algo”, como el “cacheo” a pasajeros en cualquier lugar y a cualquier hora, cuando supuestamente ya tienen monitoreado a los grupos sospechosos. Llenar de cámaras los colectivos o los barrios, no impide que se realicen igualmente los delitos y las fuerzas de seguridad actuando al borde de actitudes fascistoides fomentada por la “mano dura” que pregonan las derechas. Los operativos policiales de la UTOI bonaerense para detener a dos de los choferes acusados de golpear a Berni dieron vergüenza.

            A partir de ese robo y crimen, como hecho de inseguridad casi cotidiano, empezó la pelea política y electoral donde Kicillof se quejaba de que la oposición “le había tirado un muerto”, y las réplicas de Bullrich adjudicando la inseguridad como fenómeno exclusivo del actual gobierno, como si el anterior macrista no hubiera tenido índices similares o peores.

            Estos hechos deben hacer recapacitar a la sociedad en general y a los trabajadores en particular. La pobreza retroalimenta la delincuencia, (sin caer en la estigmatización de ésta condición social) de la cual somos su primera víctima por el grado de exposición. Es que los sectores acomodados tienen formas de resguardar su integridad y principalmente su patrimonio; o sea nos robamos y nos matamos entre pobres.

            Acá no es cuestión de “cuido lo mío, lo demás no me importa”, la avaricia y el egoísmo que fomenta este capitalismo dependiente y en crisis, tienen estas consecuencias, además de los flagelos que impone el sistema como la droga, el narcotráfico, la trata de personas, etcétera. Llevamos dos siglos los sectores revolucionarios advirtiendo esta problemática y cuesta mucho generar una conciencia colectiva, para revertir esta situación.

            Los hechos históricos demuestran que en los países que realizaron sus revoluciones y resolvieron en forma sustancial las necesidades básicas de la población y elevaron también el nivel cultural y educacional de esos pueblos, la delincuencia dejó de ser el flagelo que sí atormenta a los países capitalistas. Por otro lado esto lo conocen bien los sectores ricos, sólo que para ellos es más importante mantener ciertos privilegios y hasta pareciese que les sirve para alternar sus negociados.

            Por ejemplo en Cuba el socialismo resolvió el problema de los “nini”, jóvenes que frecuentaban las esquinas, que ni trabajaban, ni estudiaban, lo que generaba un caldo de cultivo por la misma ociosidad, para que derive en cualquier cosa, algo tan generalizado principalmente en el conurbano bonaerense.

            Generar la cultura del trabajo con modelos capitalistas no llega a buen puerto; siempre son parches y no resuelven la cuestión de fondo. Como diría el Che “el que no cambia todo, no cambia nada”. Los procesos de liberación deben ir acompañados de su respectiva revolución cultural y desandar el coloniaje cultural que nos imponen los imperialismos de turno, en nuestro caso los yanquis.

            JORGE ARTACHO

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