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China es una sola y Taiwán es parte inseparable de ella

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PROVOCADORA VISITA DE NANCY PELOSI A TAIWÁN

SERGIO ORTIZ. 12 de agosto de 2022

SON CUESTIONES VIEJAS

            La presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, concretó el 2 de agosto una provocadora visita a Taiwán, parte inseparable de la República Popular China. Lo hizo a pesar de las reiteradas advertencias de la cancillería y la presidencia chinas en contra de ese arribo por ser una injerencia grave en los asuntos internos del país socialista.

            Esa visita de la número 3 de la administración Biden, por su ubicación en la línea sucesoria, afectó las relaciones de por sí complicadas entre Washington y Beijing. Estas no atraviesan  una buena etapa desde los tiempos de Donald Trump, cuando acometió con duras sanciones económicas y comerciales a China en la búsqueda de frenar su ascenso como segunda economía del mundo y con perspectivas de llegar a la “pole position” en un plazo cercano.

            Joe Biden continuó esa línea antichina. Supuestamente el demócrata venía a diferenciarse del magnate de las torres y negociados inmobiliarios que alentó la entrada violenta de turbas al Capitolio denunciando un inexistente fraude. El ex senador continuó la ofensiva contra el gobierno de Xi Jinping con aquellas sanciones comerciales y, ante todo, con campañas políticas acusatorias de que China sería un régimen violatorio de los derechos humanos en Hong Kong, Tibet y Xinjian.

            Biden, su vice Kamala Harris y Pelosi, junto con el Departamento de Estado y el Pentágono arreciaron su campaña contra el país que en 2049 cumplirá un siglo de la revolución socialista dirigida por Mao Tsé tung.

            El viaje de Pelosi está dentro de esa campaña de agredir y tratar de aislar al país que está sacudiendo la de por sí endeble estabilidad del tablero mundial unipolar, que ya no existe como tal. Hoy es más fuerte la tendencia hacia un mundo multipolar, con Beijing como uno de los socios fundacionales.

            Cuando digo “cuestiones viejas” no me refiero a que Biden tiene 79 años y signos visibles de decadencia física y mental, ni a que Pelosi ya sopló 82 velitas de cumpleaños. Digo vieja porque los intentos yanquis de hacer pie en Taiwán datan como mínimo de 1949, de 73 años atrás, cuando el dictador Chiang Kai shek, derrotado por la revolución maoísta, tuvo la protección de la VII Flota norteamericana para huir y asentarse en Taiwán. 

CHINA COMO BLANCO

            Antes que Pelosi concretara su provocación, el presidente Xi dialogó telefónicamente con Biden el 28/7 y le advirtió para que frenara aquella incursión porque sería como jugar con fuego. El que saldría más incendiado sería EE UU. No le hizo caso.

            China sostiene que Taiwán es una parte inseparable de una sola nación, que tiene un solo gobierno. Rechaza el separatismo que tomó más fuerza en Taiwán desde que el Partido Progresista Democrático (DPP) llegó a la presidencia en 2016 con Tsai Ing-wen, anfitriona de Pelosi. En 2024 se le termina su segundo mandato, de modo que a esta operación antichina la puede haber movido un interés político-electoral para su DPP.

            Lo electoral también movió las piezas imperiales. En noviembre próximo son las elecciones de medio término en EE UU y los candidatos demócratas vienen mal, en caída, al igual que el inquilino de la Casa Blanca. A la retirada calamitosa de Afganistán en 2021 se agregaron la floja performance de la economía con altísima inflación y el aumento de tasas de interés por parte de la Fed. Esto influye en un clima recesivo de la economía también afectada por los dramas internacionales detonados por la guerra en Ucrania y las sanciones económicas que Washington y sus socios de la OTAN, sobre todo el núcleo duro de la Unión Europea, adoptaron injusta e irresponsablemente contra Rusia.

            Empujar a Ucronazi contra Vladimir Putin y provocar a Xi no fueron casualidades. La Cumbre de la OTAN del 30 de junio pasado en Madrid aprobó una nueva Orientación Estratégica, que no tiene nada de novedad pues puso a Moscú como blanco principal a derrotar en lo táctico y a Beijing como el enemigo estratégico a vencer.

            Ganar o perder por menos diferencia los próximos comicios es sólo un de las causas de la provocación contra China. Junto con eso hay un motivo que va más allá del comercio y es una esencia del imperialismo: asegurar el negocio de la venta de armas “made in USA” a Taiwán. El gobierno del DPP votó recientemente comprar armas por 8.600 millones de dólares de esa marca. Y generar un incidente cuasi bélico con China es la mejor manera de asegurarse un gran negocio para para las fabricantes norteamericanas, ante el cliente taiwanés y otros mercados mundiales.

            Tener un socio menor bien armado les serviría para que China sea contenida en su proyección comercial y marítima en el Indo-Pacífico, usando como barrera el eje Japón, Taiwán y Corea del Sur.

            El imperialismo yanqui viene operando hace mucho en esa dirección. En 2017 refundó el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD) entre Estados Unidos, Japón, Australia e India. Y en el 2021 creó el AUKUS, un pacto militar entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos.  Ambos tuvieron oposición entre algunos de sus integrantes, como Australia que se fue del QUAD en su primera fundación, una década atrás. Francia calificó como “puñalada por la espalda” cuando el AUKUS hizo anular un contrato de 36.000 millones de dólares por 12 submarinos que  Australia tenía firmado con empresas galas.  Ahora será plata para firmas de EE UU y Reino Unido.

            La OTAN de 30 países miembros ya tramitó el ingreso de Suecia y Finlandia en la Cumbre de Madrid, y llegará a una membresía de 32. La provocación estadounidense revela que está en marcha una sección de la OTAN en el Indo-Pacífico. Van del Atlántico Norte a todos los mares del mundo, con las velas anticomunistas desplegadas a full, con sus portaaviones, submarinos, misiles, aviones y bases militares. Ese ese el real “american way of life”.

TAIWÁN ES PARTE DE CHINA 

            China dice la verdad cuando afirma que Taiwán es una provincia suya.    

            Citaré un extenso  párrafo de la agencia Xinhua del 2 de agosto pasado porque hace un repaso histórico de sus razones:

            “Taiwán ha sido parte de China desde tiempos antiguos. Los ancestros de los actuales residentes de Taiwan eran en su mayoría de la parte continental. En el pasado, los sucesivos Gobiernos de China establecieron órganos administrativos en Taiwan para ejercer su jurisdicción ahí. En 1885, el Gobierno de la Dinastía Qing oficialmente designó a Taiwan como una provincia”.

            “Luego del inicio de la Guerra del Opio en 1840, China sufrió la invasión de potencias occidentales. En 1894, Japón lanzó la Primera Guerra China-Japón para invadir China. En el siguiente año, el Gobierno de la Dinastía Qing fue forzado a ceder Taiwán a Japón a través del desigual Tratado de Shimonoseki.           En 1945, el pueblo chino ganó la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino Contra la Agresión Japonesa. Entonces Taiwan fue recuperado y regresó a la patria. En diciembre de 1943, China, Estados Unidos y Reino Unido emitieron la Declaración de El Cairo que explícitamente señala que todos los territorios que Japón robó a China, incluyendo Taiwan y las islas Penghu, serán restituidos a China. El 25 de octubre de 1945, el Gobierno chino anunció que Taiwan y las islas Penghu habían sido restaurados como partes del territorio de China. Por ello, el estatus legal de Taiwan como parte de China fue irrefutablemente confirmado”.

            “En 1949, quedó establecido el Gobierno Popular Central de la República Popular China reemplazando al Gobierno de la República China como el único Gobierno legal que representa a toda China. Es lógico que el Gobierno de la República Popular China ejerza su soberanía sobre China, la cual incluye a Taiwan”. Fin de las citas.

            Esas son las razones de Beijing y también las del mundo, desde que en octubre de 1971 la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Resolución 2758 restaurando los derechos de la República Popular China y reconociendo al Gobierno de la República Popular China como el único representante legítimo ante las Naciones Unidas, correspondiéndole el asiento en el Consejo de Seguridad de donde salió eyectado el representante de Chiang. El dictador murió cuatro años después y fue sucedido por su hijo, en la “democrática” Taipei.

            Más allá de las afinidades políticas, China mantiene relaciones diplomáticas con 181 países, que reconocen una sola China. Con el régimen de Taipei sólo mantienen relaciones 14 países, entre ellos Paraguay y otros pequeños vasallos que suelen votar a favor de EE UU en su bloqueo a Cuba (islas Marshall y Palau).

            EE UU estableció relaciones con el país socialista en 1979 y admitió a regañadientes una sola China, aunque con la ambigüedad de su esencia imperialista mantuvo relaciones de menor nivel con Taiwán. Este socio menor fue degradado, pero no abandonado, a la espera de un tiempo en que fuera necesario para contener y atacar desde al gigante chino. Y ese momento parece haber llegado.

            Desde los números, esa isla no parece tan importante porque es 266 veces más chica que China y tiene 23 millones de habitantes, cuando del otro lado del estrecho, a 160 km, viven 1.400 millones. Tiene sus valores, como las fábricas de semiconductores de última generación necesarios para empresas de punta. TSMC -Taiwán Semiconductor Manufacturing Company- está valuada en 500.000 millones de dólares, entre las 25 firmas más importantes del mundo.

            Pero no es eso lo que le importa a China sino el valor de reintegrar la isla a la patria, hacerlo en forma pacífica y antes del centenario de la revolución, en 2049, para el que restan 27 años. Ya consiguió en 1997 el regreso de Hong Kong robada por el imperio británico y dos años después el de Macao, usurpada por Portugal. Los argentinos deberíamos ver en esto un gran estímulo para nuestro reclamo por Malvinas.

            Además de los derechos, prestigio y fuerza de China, tales devoluciones tuvieron como base la teoría del entonces líder Deng Xiao ping, de “un país, dos sistemas”, con amplia gama de autonomía dentro de un mismo estado socialista. La idea es la misma para con Taiwán, que ya probó la miel de un superavitario intercambio comercial con China continental. Lamentablemente en los últimos años, el separatismo del DPP y el imperialismo de Trump-Biden, han puesto muchos palos en la rueda del retorno, con el agravante de que no sólo arruinan una integración nacional sino también generan un foco ígneo muy peligroso para la paz mundial.

            China no incurre en provocaciones. La Oficina para Taiwán del Comité Central del Partido Comunista de China ha reiterado que “trabajará con la mayor sinceridad y hará todo lo posible para lograr la reunificación pacífica”. También aclaró que “no renunciaremos al uso de la fuerza y nos reservamos la opción de tomar todas las medidas necesarias para protegernos de la interferencia externa y de todas las actividades separatistas”.

            No fueron palabras huecas. Desde el 4 hasta el 10 de agosto, el Ejército Popular de Liberación realizó maniobras militares alrededor de Taiwán, con aviones, barcos, cohetes, etc, incluyendo el misil hipersónico DF-17 de una velocidad de 12.300 km/hora y un alcance de 2.500 Km. El ejercicio se hizo en 6 zonas por mar y aire. La señora Pelosi ya se había retirado, luego de 20 horas de visita, escoltada por el portaaviones nuclear Ronald Reagan. Pero los taiwaneses siguen viviendo allí, en una provincia china, que les tiende la mano, pero no renuncia a la soberanía. Los isleños saben de la proverbial paciencia china, pero que no es infinita y tiene un límite. ¿Será el 2049?

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