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Reino Unido en crisis y encima se le murió la reina

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Los problemas del Reino Unido venían de bastante tiempo antes, según el rubro al que se quiera referir. Si es por la crisis energética, la más reciente viene desde febrero pasado, cuando Londres en yunta con Washington y la OTAN generaron el conflicto armado con Rusia. Ahí empezó el alza de precios de la energía, que afectó también al Reino Unido, aunque el consuelo de tontos puede ser que Alemania está peor, por ser más dependiente del abastecimiento ruso.

La crisis económica y social no fue sólo por la pandemia de COVID-19 sino preexistente, con caída de la producción, inflación, altas tasas de interés, salarios insuficientes, desempleo, desigualdad social y fenómenos de corrupción que incluían a la familia real (en 2013 el príncipe Carlos recibió donaciones millonarias de la familia de Bin Laden).

La crisis política es bien visible. Dos días antes de fallecer Isabel II había recibido la renuncia del primer ministro Boris Johnson y encargado la formación de nuevo gobierno a Liz Truss, imitadora de Margaret Thatcher. Johnson estuvo poco más de dos años en 10 de Downing Street y ya en julio pasado presentó la renuncia. Estaba jaqueado por la crisis económica y denuncias de fiestas en la residencia oficial durante la pandemia, amén de proteger a funcionarios acusados por acoso sexual.

Por esos motivos y largo etcétera vienen brotando movimientos huelguísticos de la clase trabajadora y otros asalariados de oficios o profesiones de “clase media”, incluso abogados.

Luisa Corradini, corresponsal de “La Nación”, publicó el 3/9: “un viento de rebelión se ha apoderado de los británicos. Con el país casi paralizado por las huelgas masivas del ferrocarriles y los subtes. Distintos sectores de la sociedad se han puesto en huelga: los correos, los abogados, los maestros, los servicios municipales y sectores de la salud —algo nunca visto en 40 años—, pequeños panfletos color amarillo y negro comenzaron a circular. El texto es simple y directo: Don’t pay energy bills (No paguen sus facturas de energía)”.

Uno de los sectores donde hay más huelgas es el ferroviario. Confirma lo dañino y hasta criminal que fue el proyecto privatizador de esos servicios estatales durante el “reinado” thatcheriano y dividir en varias empresas a British Railways, en 1996-1997. Cualquier similitud con la privatización cavallo-menemista de los ferrocarriles argentinos (¡que aún perdura en los ramales de carga en manos de Aceitera General Deheza, Techint y Loma Negra!), no es mera coincidencia.

Lo que rebalsó el vaso de la paciencia del pueblo británico fue el aumento de las tarifas de luz y gas. Habían subido 55 por ciento en abril pasado y desde el 1 de octubre debían hacerlo 80 por ciento más, con lo que la pobreza se multiplicaría. El drama no es tanto ahora, pues allá es verano, sino en el otoño e invierno próximo: la gente no tendría como calefaccionarse, cocinar, etc. Ni hablar los indigentes que viven en las calles.

Estaba previsto que el gasto anual de esas facturas aumentara de 2.266 dólares a 4.080 dólares, en promedio. Sería una catástrofe social que hundiría a la flamante primera ministra Truss, quien asumió con un discurso conservador y thatcheriano. El gobierno tory había rechazado la propuesta de la oposición laborista de congelar por dos años las tarifas y proporcionar más ayuda social en base a impuestos a los sectores empresarios más enriquecidos, entre ellos las energéticas, que además de lo que ya ganaron podrían embolsar 194.000 millones de dólares en los próximos dos años.

DEMOCRACIAS MUY LIMITADAS Y PARA LOS RICOS

Truss dio una rápida voltereta y en un mensaje a la Cámara de los Comunes, a 48 horas de asumir, informó que se congelaban las tarifas por dos años, aunque sin aceptar la receta del líder laborista Keir Starmer de cobrar mayores impuestos a los más ricos. El paquete costará 100.000 millones de libras esterlinas y será pagado “por todos”, o sea que los millonarios no pondrán una cuota mayor, como correspondería.

Además, el grueso del programa de los tories sigue intacto. Insiste en las viejas recetas de bajar impuestos a las corporaciones con el verso de que así se incrementaría la actividad económica y habría “derrame” hacia abajo. Los de arriba tendrán reducción de impuestos por 27.000 millones de libras y los de abajo se quedarán esperando algunas gotas. ¿Qué líquido recibirán? En la Argentina del 2001 las pintadas denunciaban: “Dicen que llueve pero nos están meando”.

La situación británica se recalienta pues se están sumando a las huelgas el personal de salud y los siempre precarizados de los call centers. También en el resto de Europa hubo muchas protestas sociales, por ejemplo en Alemania, Francia y otros países.

Esta situación ya se cobró la cabeza de Johnson y también se llevó puesto al gobierno de Mario Draghi en Italia, donde se votará el 25 de septiembre. Otros líderes tienen las barbas en remojo, como el canciller alemán Olaf Scholz, socialdemócrata asumido en 2021 y que ya renguea de las dos piernas. Hay marchas en Berlín reclamando su renuncia.

Esas crisis políticas y gubernamentales del capitalismo imperial son positivas. Obvio, si los sectores obreros, populares, de izquierda, antiimperialistas y progresistas no se unen e inciden en la lucha de clases y con alternativas políticas de masas, el resultado en algunos casos puede ser negativo. Por ejemplo, que la derecha levante cabeza en Italia y mantenga fuerza en Francia.

No habrá soluciones si se deja que los problemas políticos se resuelvan al interior de esas democracias burguesas e imperiales. Ante la dimisión de Johnson, sólo los 172.000 afiliados al partido conservador podían votar su sucesor. Y ahí ganó Truss con 81.326 votos contra 60.399 de su rival, el millonario Rishi Sunak. Sólo fue consultada una ínfima minoría en un país de 67 millones de habitantes: una nueva prueba de que la proclamada democracia no es tal. Y menos lo es en tiempos de crisis capitalista y bajo la corona de los Windsor.

Y ENCIMA SE LES MURIÓ LA REINA

Otro elemento ilustrativo de cuán decrépitos son esos regímenes políticos y estatales es que muchos tienen “coronita”.

El 6 de septiembre se conoció la muerte de quien parecía eterna y no era, Isabel II, a los 96 años, luego de reinar desde 1952 hasta ahora. La reemplazará su hijo Carlos, de 73 años, que en todo este tiempo parasitó como sólo él sabe hacer. Si en general las monarquías tienen una bien ganada fama de vagos, Carlos III está en la primera línea de esa runfla.

Si sólo esa fuera la mala cualidad de los reyes, el drama sería grave pero no tanto. Lo es porque además de eso son la careta que convalida un sistema imperial y colonial que en el caso británico ha saqueado al mundo, provocado guerras y muertes por doquier, y mantiene enclaves coloniales. Es el caso de nuestras islas Malvinas, territorio usurpado en 1833 y que durante los 70 años de Isabel II se mantuvo en esa triste condición, con la muerte de 649 argentinos durante la recuperación de las islas entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982.

Mucho peor que los argentinos la pasaron los africanos de Kenia y los asiáticos de la India, donde el colonialismo británico provocó centenares de miles de muertos y un saqueo de miles de millones de libras esterlinas, dólares o la moneda que se elija.

Entonces resulta obsceno prender el televisor en Argentina porque todos los canales, quizás con la excepción de Crónica TV, dedican horas a comentarios, reportajes e imágenes de adulación a la reina fallecida. Es glorificación del enemigo. No sólo a ella sino por elevación al régimen monárquico y thatcheriano que en 1982 volvió a ocupar Puerto Argentino luego de hundir el ARA General Belgrano, bombardear, matar e invadir.

Bien dijo el Centro de Ex Combatientes de Islas Malvinas (CECIM): “el imperialismo británico con su monarquía continúa con la ocupación neocolonial militar en nuestras Islas Malvinas, Georgias, Sándwich del Sur y sus mares circundantes en contra de los intereses de los argentinos, amenazando la paz de Argentina y de la región con una fortaleza militar en la Base de Monte Agradable”.

Incluso países socialistas como Cuba y China expresaron sus condolencias y en el primer caso decretaron un día de duelo oficial. La militancia argentina no comparte ese duelo. Tampoco ciertas fundamentaciones de las condolencias, como la de la portavoz de la cancillería china, Mao Ning: “durante sus 70 años en el trono, la reina Isabel II se dedicó a promover el desarrollo nacional y los intercambios amistosos entre Reino Unido y otros países” (Beijing, 9 sep. Xinhua). No es cierto que Isabel II promoviera el desarrollo nacional de los británicos ni la amistad con otros países. Argentina puede dar fe de ello y hay muchos otros ejemplos.

A Carlos III y sus herederos les queda una fortuna de la reina muerta valuada en 500 millones de dólares. Y también administrar los 28.000 millones de dólares de The Royal Firm, el negocio familiar de la monarquía, con propiedades, campos, acciones, etc.

Al pueblo del Reino Unido (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte) y a los 14 países del Commonwealth donde a Isabel II se la consideraba reina, les toca comprender que la monarquía y el capitalismo imperialista son trastos viejos que hay que tirar a la basura. Si necesitan inspiración pueden visitar el cementerio de Highgate y allí un tal Carlos, que no es Chaplin, los recibirá con su lema “Proletarios del mundo, uníos”.

SERGIO ORTIZ

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