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La inflación: sus causas y soluciones

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En sólo medio año los precios en la Argentina subieron 36.2%. El rubro de alimentos y bebidas no alcohólicas aumentaron más del 40% en ese mismo período, lo que afecta con mayor dureza a los sectores de menores ingresos (que destinan una mayor proporción a asegurar la comida).

Todo indica que la inflación superará las ominosas marcas de la etapa macrista, las que a su vez habían superado holgadamente las de cualquier período similar en los gobiernos de los Kirchner. Según datos del Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad de Avellaneda, los precios subieron en promedio un 166% desde la asunción del Frente de Todos, con algunos rubros muy por encima de ese valor: vestimentas y calzado aumentaron un 259% mientras que los precios de alimentos y bebidas no alcohólicas se incrementaron un 186% en el mismo lapso. El mismo informe prevé que inflación llegará al 75% en este año.

Los medios, incluso los que se proclaman como especializados en economía, hablan del tema como si se tratara de un fenómeno natural, algo así como un tsunami o una tormenta. La narrativa dominante lo explica en base a unos pocos factores que serían responsables de tamaña vorágine. En consecuencia, numerosos economistas mediáticos repiten ante cámaras y teclados un conjunto de recetas que se aplicaron muchas veces y que pocos resultados dio, además de acarrear otras consecuencias indeseables sobre la vida de la población.

En líneas generales, el menú dominante para frenar a los precios apunta a bajar el déficit y reducir la emisión monetaria, ahogando la posibilidad de que el Estado se financie de esa forma. Por otra parte, nuestra economía es sensible a las variaciones del dólar, por su propia estructura dependiente y por el peso de las exportaciones primarias. Y entre las propuestas habituales de economistas del poder económico también figura la devaluación de nuestra moneda, ya que su valor -dicen- debería definirse por el “mercado”, otra entidad abstracta a la que apelan estos explicadores seriales que encubre a los actores más poderosos, que imponen sus condiciones en la economía local.

Esas explicaciones adolecen de varios problemas. Nombramos dos: los datos empíricos muchas veces ponen en tela de juicio sus afirmaciones (períodos de ajuste y freno a la emisión estuvieron igualmente acompañados de alta inflación) y olvidan quiénes se benefician y quiénes pierden con la suba de precios.

El encarecimiento de alimentos, energía y vestimenta golpean con mucha mayor dureza a quienes tienen bajos ingresos, los que se destinan en su totalidad a sobrevivir. Los datos oficiales evidencian la caída de los ingresos reales de lxs trabajadorxs: mientras que los precios subieron un 23% entre enero y abril, los salarios no llegaron al 21%. En el mismo período, además, alimentos y bebidas no alcohólicas aumentaron un 28%.

Por otro lado, desde 2021 se observa de manera casi constante la suba de precios internacionales de alimentos. Los índices que publica la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, sigla en inglés) muestran que los precios de estos bienes crecieron más de un 15% respecto de diciembre último. Los incrementos se aceleraron en marzo, a partir de las operaciones especiales lanzadas por Rusia en la región del Donbass, aunque disminuyeron levemente en los últimos meses.

Los exportadores buscan aprovechar ese escenario para multiplicar sus ganancias, por lo que priorizarán el mercado externo. Pueden hacerlo porque 7 firmas (Cargill, COFCO, Viterra, Bunge, ADM, LDC y ACA) se reparten más del 75% de las exportaciones de granos.

La concentración en la exportación de alimentos refleja la estructura monopolista de la producción de los bienes de consumo masivo en el país. A eso se suma la concentración en la comercialización, donde unas pocas cadenas (junto a los mercados de cercanía que manejan) venden más del 40% del total de lo que se comercializa a la población.

Las medidas del gobierno ante este cuadro han sido ineficaces. El programa de Precios Cuidados, que ahora tiene menos productos, apenas incide, ya que se plantea como precios de referencia pero los productos frecuentemente escasean en las góndolas y representan una porción muy pequeña del consumo de lxs argentinxs. La suba de tasa de interés -medida acordada con el FMI y con la que pretenden frenar al dólar- sólo favorece a los sectores especulativos.

Hay que meter mano en la gran concentración en la producción, la distribución y la exportación. Se necesita controlar el comercio exterior, imponer retenciones, que el Estado tome el control del Paraná y la Vía Navegable troncal (por la que pasa el 80% de las exportaciones, según datos del gobierno), gravar las ganancias extraordinarias y actuar decididamente contra los monopolios y la especulación financiera. Pero ello requiere de una decisión política de la que el gobierno carece, más aún cuando los lineamientos se subordinan a las exigencias del Fondo.

Esas son algunas de las medidas que deberían adoptarse para encontrar una solución duradera a la alta inflación, lo que debe acompañarse de una política que mejore urgentemente los ingresos de la población, sustentando el crecimiento económico en la demanda interna y apuntalando la producción nacional.

JORGE RAMÍREZ

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