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A 44 años de la desaparición de Roberto Cristina

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            El 15 de agosto de 1978 el camarada Roberto Luis Cristina, secretario general de Vanguardia Comunista, fue secuestrado por la patota del I Cuerpo de Ejército en una pizzería de Chacarita y llevado al centro de tortura y exterminio El Vesubio, ubicado en el partido de La Matanza, del oeste bonaerense. El jefe de ese antro era el teniente coronel Gustavo Adolfo Cacivio, alias “El Francés”, oficial de inteligencia del Ejército, que recién pudo ser identificado en 2010 por el juez federal Daniel Rafecas.

            A lo largo de tres juicios (Vesubio I, II y III) se condenó a un total de 22 oficiales y suboficiales del Ejército y agentes del Servicio Penitenciario. En ese sentido, como en tantos otros juicios, puede decirse que hubo justicia, al menos parcial y en forma tardía, porque el último juicio terminó en abril de 2022, o sea 44 años después de la desaparición de nuestros camaradas y de militantes de Montoneros, Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) y otras organizaciones.

            Cacivio, como otros genocidas, estuvo muchos años impune y prófugo. Y luego de ser condenado, al poco tiempo gozó del beneficio del arresto domiciliario, otra burla a la justicia y a la memoria de sus víctimas.

            Del legado de Roberto siempre hay cosas importantes para aprender y por eso sigue muy presente en la militancia de VC, actual Partido de la Liberación, y de muchos que lo respetaron más allá de sus militancias en otras organizaciones.

            Siempre aprenderemos de su conocimiento de la política internacional. Por caso, de él y otros fundadores de VC que defendieron a China, su socialismo y el pensamiento maoísta en pugna con el revisionismo, el trotskismo y otras corrientes degeneradas del marxismo.

            Hoy, cuando vemos el prestigio de China, sus avances económicos, sus victorias sobre la pobreza, su gran campaña contra la pandemia, su resistencia a las campañas imperialistas en su contra, etc, nos alegramos de ser camaradas de Roberto, Elías Semán, Rubén Kritscausky, etc.

            Eso, con ser importante, no fue lo fundamental de aportes. Quizás lo más elevado haya sido el análisis de clase del capitalismo dependiente argentino, que no era “semifeudal” como decía el PC ni “capitalista” a secas como sostenía el trotskismo. Era un capitalismo dependiente de los monopolios de variado origen y asociados al imperialismo, sobre todo el yanqui. Y por eso neocolonial.

            La gran burguesía local y los capitales extranjeros eran el núcleo de la clase dominante, con Bunge & Born, Techint, Ledesma, Alpargatas, Acindar, Ford, Renault, Fiat, Citibank, Pérez Companc, Banco Galicia, Loma Negra, Socma (Macri), Roggio y otros pulpos representativos aliados del Fondo Monetario Internacional.

            Esa definición del enemigo fue fundamental, así como la precisión de las fuerzas que debían incluirse en un frente de liberación nacional y social, comenzando por el proletariado, el resto de los trabajadores, campesinos pobres y medios, intelectualidad progresista y estudiantes, pequeña y mediana burguesía nacional. El Cordobazo de 1969 iluminó estas teorías y les dio carnadura, tanto para las políticas de masas como para bosquejar el camino insurreccional hacia la toma del poder, con eje en la unidad obrero estudiantil, luego ampliada con la aparición de las Ligas Agrarias. Esa fue y sigue siendo nuestra brújula marxista aplicada a la realidad de nuestro país.

            Fue muy importante la orientación de Roberto y demás fundadores de VC respecto al peronismo. No debíamos ser “gorilas” como el PC de Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi en 1945 y durante varios años más, ni tampoco seguidistas y oportunistas como Abelardo Ramos y otros ex socialistas y ex comunistas que confundieron al peronismo con un movimiento revolucionario que nunca fue.

            La posición de la izquierda marxista frente al justicialismo, es algo clave para la política y la táctica de la revolución en la Argentina. “Ni gorilas ni furgonetas” es nuestra consigna, con apego a las bases populares del peronismo. Eso obliga a formular críticas al derechizado general Perón en 1974, como las que hizo Roberto luego de irnos con la JP y Montoneros de la Plaza de Mayo ese 1 de mayo, y a tener acercamiento a esas bases, como acompañarlas en su duelo el 1 de julio de 1974, cuando murió el ex presidente.

            En el período previo a su secuestro y durante el tiempo que estuvo secuestrado en El Vesubio, Roberto nos dejó una gran lección ideológica de cómo debe comportarse un revolucionario. Se mantuvo de pie, militando, haciendo frente a la campaña de exterminio contra la organización durante julio y agosto de ese 1978, y luego aguantó brutales torturas sin desfallecer ni delatar. Fue un revolucionario del proletariado hasta el final de sus días. Su preocupación mayor era la seguridad de la organización y la salud de los camaradas, no la suya propia. “No te des por vencido ni aún vencido”, como dice la poesía de Almafuerte.

            Eso contrastaba entonces y mucho más hoy, con la corriente pequeño burguesa muy fuerte al interior de la militancia popular cuando prioriza las cuestiones personales, familiares, laborales, académicas, económicas, psicológicas, etc, por sobre las colectivas y de la organización. Nosotros no somos ajenos a esa enfermedad senil del comunismo. Y debemos dar una dura batalla, con la bandera de Roberto firmemente empuñada en nuestras manos. Tiene el rojo del comunismo, el celeste y blanco patrio y los de la Whipala de los originarios.

            Queremos ser revolucionarios, no pequebús. El pequeño burgués lleva en la sangre el virus del capitalismo y hasta, a veces, semidormido, un enano fascista. Hay que aportar a la lucha colectiva y no sentirse el ombligo de nada. Sólo el Partido y la revolución vencen al tiempo. Cada día preguntemos a qué trabajador o estudiante le hicimos propaganda y agitación partidaria. Eso importa, y no cuántos repuestos vendimos ni cuántos pesos juntamos ni cuántos pacientes tuvimos ni cuántas cuentas pagamos ni cuántas materias rendimos ni cuán cansados estamos.

SERGIO ORTIZ

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